No quiero llamarte.
Ahora mismo podría coger el teléfono, llamarte y oir tu voz, y así sentirte un poco más cerca de mí.
Pero prefiero, por esta ocasión, pensar en tí, regodearme en estos recuerdos mutuos, en mis peranzas futuras conjuntas adolescentes.
Al fin y al cabo, el sentir tu pelo no se hace por teléfono, ni la temperatura de tu piel por mucho sms que te mande.
Pero el pensar cómo tú y yo podemos compartir mucho más nuestra vida, incluso de esta bonita manera irracional, precipitada, absurda, y locuela, me da de nuevo energías para agarrar al mundo por los cuernos, o mejor dicho: a tí de la mano y pasear por este infierno diario lanzando pétalos de rosas a tontas y a locas (en plan película americana).

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